Principalmente como consecuencia de la actividad humana, la calidad del agua puede verse alterada, poniendo en peligro su utilización posterior. Por ello, las distintas legislaciones aplicables en el territorio español han establecido, en función del uso a que se vaya a destinar, valores límite para los parámetros de calidad que no deben rebasarse.
Las exigencias específicas de calidad de agua hacen que, en la mayoría de las ocasiones, sea necesario emplear un tratamiento previo más o menos sofisticado (filtración, desinfección, etc.).
En países como España, donde la escasez de este elemento es un problema cada vez más acuciante, se están buscando nuevas fuentes para satisfacer la creciente demanda. Entre las alternativas que se barajan, aunque no exentas de polémica, están la desalación y los trasvases (como el existente entre las cuencas del Tajo y el Segura), poco recomendables por sus implicaciones ecológicas. Se debe apostar, no por la solución "fácil" de la proyección y desarrollo de trasvases, sino por la gestión integral del agua.
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