Si falla una de estas tres premisas, la movilidad se vuelve insostenible. Es decir, no existen modelos de transporte público que funcionen correctamente sin una previa restricción del uso del vehículo privado o una planificación territorial adecuada.
Para transferir el sistema habitual de transporte hacia la ecomovilidad, se debe reorganizar el espacio público existente y adaptarlo para permitir desplazamientos de forma sostenible, cómoda y segura. Ello implicaría una serie de medidas:
Mejorar y ampliar las aceras e itinerarios a pie
Crear y/o aumentar los llamados “carriles bici” en las ciudades
Potenciar el transporte público y priorizar su circulación sobre el privado mediante carriles exclusivos y preferencia semafórica .
Fomentar el uso masivo del ferrocarril y del barco para el transporte de mercancías.
¿QUÉ PODEMOS HACER?
Desde nuestra posición, lo mejor que podemos hacer es establecer como prioritario el uso del transporte público sobre el privado (y no al revés como se ha venido haciendo hasta ahora).
Deberemos tener en cuenta que:
A. En la ciudad: los medios de transporte público urbano (autobús, metro, tranvía, tren ligero y convencional) ofrecen una respuesta satisfactoria a la movilidad urbana. En ciudades pequeñas y medianas, el transporte público en superficie (autobús y tranvía) ofrece las mejores prestaciones si circula en plataforma reservada en zonas colapsadas y dispone de prioridad.
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